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6 de marzo de 2013

LAS BRUJAS TIENEN MANO PARA LAS PLANTAS


Si eres una mujer de edad y atrevida, quizá no seas jardinera, pero sin duda alguna tendrás mano para las plantas. Las ancianas se encuentran en la fase creativa de la vida, la época de propiciar el crecimiento. Las plantas y las personas reaccionan ante esas ancianas de mano experta. (Como también reaccionaría el planeta mismo si un número importante de mujeres maduras se aplicara en esta tarea.) Las ancianas alimentan el crecimiento.
Quitan muy bien las malas hierbas. Podan. Saben que las diferentes plantas y personas necesitan condiciones distintas para fructificar. Protegen todo aquello que es vulnerable hasta asegurar su supervivencia. Las ancianas han aprendido a tener paciencia y pueden esperar el paso de las estaciones. Saben que lo pequeño deviene grande, que hay cosas que pueden florecer o dar fruto antes de morir.
La jardinería es una metáfora, pues representa lo que podríamos hacer en realidad en un ámbito más personal. Trabajar con las manos, cavar la tierra para introducir en ella las plantas de cultivo o las semillas, sentir el sol y la brisa, quizá incluso sudar y ensuciarse, son placeres tan intensos, si no superiores, como el hecho de comer tomates maduros o poner un ramito de flores recién cortadas en casa. Si te encanta la jardinería (o cualquier otra cosa que te llegue al alma), pierdes la noción del tiempo, y el momento presente te absorbe. Es esa misma cualidad la que marca la diferencia entre lo que te alimenta, o te da energía, y lo que te deja vacía. Una tarea que para alguien puede ser pesada es divertida para otro.
Una profesora, terapeuta, editora, maestra, directora o madre, o incluso una clarividente que sepa desarrollar el potencial del otro, dotadas todas ellas de mano experta, son como las jardineras que aman su trabajo: saben reconocer lo frágil y titubeante y comprenden que deben tratarlo con ternura, ven lo que posee algún valor y tiene pleno sentido, y también lo que debe ser eliminado en la poda con las tijeras.

La gente crece y florece contigo cuando se dan estas condiciones; y a ti, al mismo tiempo, también te influye esa presión que te desafía a madurar. A medida que las mujeres inician sus años de vejez la implicación en esta tarea irá cambiando. Los hijos se convierten en adultos independientes, llega, o planea en el horizonte, la jubilación, mudarse es una opción o una necesidad, y suceden acontecimientos predecibles e impredecibles. No es sólo que cambien las circunstancias externas; los pensamientos, los sentimientos y los sueños también pueden modificarse y cambiar. Muchas mujeres sienten la atracción de la soledad llegado este momento, y quieren dedicarse a reflexionar, expresarse, desarrollar su vida interior, o simplemente quieren tomarse un tiempo libre, al margen de los demás. Es necesario, sobre todo, disponer de tiempo interior cuando comienza una nueva etapa de tu vida. Una anciana almacena y decide cuáles serán las dimensiones de su jardín, y lo que plantará en él, cuando llegue su estación.
Las mujeres siempre han tenido que hacer malabarismos con los distintos papeles que encarnan. Eso era innegable cuando la mayoría eran amas de casa y madres a dedicación completa; y en la actualidad, que las mujeres además poseen un trabajo o ejercen una profesión, eso es más cierto que nunca. 
La vida de una mujer siempre requería flexibilidad y el dominio de diversas habilidades, pero la vida tradicional como tal era mucho más predecible. La generación de las mujeres que crearon el Movimiento para la Liberación de la Mujer se benefició de las oportunidades que aquello generó, abrieron nuevos caminos. No disponían de la posibilidad de seguir otras pisadas, y tampoco podían fijarse demasiado en la senda que siguieron sus madres. Nos convertimos en el modelo que había que seguir en lo que a distribución de papeles se refería, en refugios de esperanza, cajas de resonancia, y en apoyo y consuelo expertos que nos dedicábamos las unas a las otras. Ser una mujer que cuenta con buenas amigas es desde hace muchos años como participar en una terapia de grupo sobre supervivencia en la que se cuentan las experiencias vividas. Nosotras aprendimos a partir de las historias que vivieron esas amigas, y al mismo tiempo vivimos nuestro propio experimento.
Es ahora cuando nos damos cuenta de que nos hacemos viejas. Durante los años más significativos de la madurez son muchas las mujeres sabias que, aunque aman su profesión, deciden trabajar menos, escogen respecto a sus proyectos futuros o se centran en objetivos más ambiciosos y creativos. Para otras, en cambio, la jubilación puede ser liberadora. Por fin, contamos con tiempo para nosotras mismas, para nuestros objetivos, para desarrollar la creatividad, los pasatiempos y las aficiones. Las mujeres asalariadas que tenían que trabajar cuarenta horas por semana, tomar el tren cada día y ocuparse de la casa debían de tener muy poco tiempo disponible, o una renta modesta, y, sin embargo, ahora que son ancianas cuidan de su propio jardincillo, cultivan sus aficiones y recogen las semillas de los diversos planes para plantarlos. Finalmente les ha llegado la hora, a ellas y a nosotras. La jardinería requiere atención. Existen plagas insignificantes y grandes plagas destructivas contra las cuales tenemos que tender una barricada. Donde yo vivo, por ejemplo, las familias de alces contemplan nuestros jardines como si fueran restaurantes.

En cuanto a los jardines metafóricos, la amenaza, por lo general, viene bajo la forma de bípedo. Como ya saben desde hace tiempo las mujeres que trabajan en casa, si no construimos unos límites sólidos que protejan nuestro propio tiempo, los demás dan por sentado que pueden entrometerse en nuestra vida priorizando sus necesidades. Cuando nos jubilamos, la habilidad de mantener intactos nuestros límites es absolutamente necesaria. El jardín que somos nosotras es el que necesita, más que ningún otro, disponer de buena mano para las plantas y de vallas muy resistentes.

Jean Shinoda Bolen

22 de enero de 2013

EL PODER CURATIVO Y LIBERADOR DE LA VERDAD.



La mayoría de las mujeres se convierten en grandes expertas de las conversaciones que sirven para darse ánimos, práctica que en sí misma conduce a la superficialidad cuando, por lo general, las verdades incómodas o las diferencias de opinión no se pronuncian por una cuestión de educación. Decir lo que los demás desean oír, en lugar de lo que es cierto, se puede convertir en una segunda naturaleza. El desafío, que nos hará ancianas, consiste en aprender a mostrarse sincera y compasiva. La observación es el primer paso: escuchar de verdad lo que nos cuentan. ¿Acaso deseamos profundizar en la conversación? ¿Actuamos por educación o por cobardía? ¿Vale la pena intervenir en este momento? La sabiduría de la anciana interior está en saber cuándo hay que hablar y qué hay que decir.
La verdad es afilada: es un instrumento que puede causar dolor, heridas, desfiguraciones o amputaciones; o bien puede ser el escalpelo del cirujano que extrae un cuerpo maligno o reconstruye una cara destrozada, y con ello restaura la salud o la autoestima. Las mujeres tienen tendencia a ocultar la verdad a aquellos que más les importan emocionalmente, y, al actuar de este modo, alimentan y fortalecen sus debilidades. Si estás padeciendo una relación abusiva, no sólo permites que lo peor de la otra persona te oprima, sino que además refuerzas su comportamiento. La anciana que hay en toda mujer lo sabe. Escúchala, y decide no colaborar con el abuso. Sobre todo si proviene de un hijo o una hija, y esa mala conducta ha reorganizado este mal comportamiento. La anciana sabe cuándo sucede algo que debe afrontar. Si escuchas a la anciana interior, tendrás que recordar el principio siguiente: «Hacer es transformarse»; es decir, al actualizar la conducta de la mujer madura, nos volvemos mujeres valientes y sabias. No querer que una amiga se sienta incómoda y ocultarle la verdad, no le va a servir de nada: las amigas se dicen la verdad. ¿Tiene mal aliento? ¿No presta atención a su aspecto? ¿Te preocupa la cantidad de alcohol que ingiere? Podríamos estar ante las primeras señales de una depresión causada por la soledad o una pérdida, ante los síntomas que remiten a problemas médicos, metabólicos o nutricionales, ante los efectos secundarios de un medicamento recetado, ante el uso del alcohol como sustitutivo de una medicación o ante la preocupación por un problema no compartido. Quizás a tu cónyuge o a tu amiga les falla la memoria, y, si éste fuera el caso, no hacer, ni decir nada, oculta una información que podría ser crucial para ganar tiempo.
Una anciana desea saber la verdad (para ayudarse a sí misma y a los que ama); lo cual significa que irá ella sola o acompañará a una amiga al médico, al abogado o a una reunión de Alcohólicos Anónimos. Las ancianas se valoran a sí mismas, y valoran sus relaciones: ¿quién nos importa y a quién importamos en realidad? Entre las conocidas y amigas, ¿hay alguna que nos deja vacías y que, sea porque se siente con derecho, sea por sus persistentes invitaciones, sea por su necesidad, nos manipula para que pasemos el rato con ella? Pienso en las historias de aquellas mujeres con cáncer que luego yo narré en Cióse to the Bone\ me dijeron que «el cáncer fue una cura para su codependencia», es decir, que finalmente sentían que tenían una excusa lo bastante buena como para no ver a personas que les hacían sentirse culpables si no las escuchaban, o si no se reunían con ellas. Al igual que les sucede a las pacientes de cáncer, las ancianas sabias saben que su tiempo y su energía son preciosos: «Todo lo que haces se resta de lo que hubieras podido hacer de otro modo».

Si ya es hora de que demos por finalizadas algunas relaciones y de disponer de tiempo para nosotras mismas y para aquellos que en realidad nos importan en la vida, necesitamos enfrentarnos a eso, y esos propósitos son los que hemos de llevar a cabo. Los principios son: ser sincera y amable; el desafío estriba en cómo ponerlo en práctica, y saber si es posible. Lo más fácil de recortar son los tira y afloja sociales. En este caso, lo único que se puede hacer es desaparecer. Los conocidos que nos envían postales durante las vacaciones entran en esta categoría. Lo único que hay que hacer es dejar pasar dos años sin enviarles noticias nuestras. El mismo principio es aplicable a las excusas que nos hemos de inventar ante una invitación. El mensaje de que no estamos libres es ambiguo, y está abierto a las interpretaciones. Cuando el desaparecer funciona, no hay tensión si nos cruzamos en actos en los que asistan las dos partes. Las relaciones más difíciles, las que te agotan, parece, no obstante, que nunca terminan tan fácilmente, y éstas sí que son un verdadero desafío. Es duro mantenernos firmes delante de la otra persona: lo que digamos puede que posea un tono defensivo que nos lleve a "ceder" y seguir como antes; o bien quizá nos veamos inmersas en una rueda de conversaciones culpable-culpa que sólo conseguirá hacernos daño. Es mejor atribuir la retirada a ciertos cambios que suceden en nosotras, quizá por causa de un retraimiento, por la necesidad de estar solas para desarrollar nuestra creatividad o algún compromiso que requiere de todo nuestro tiempo, arguyendo además la petición de que nuestro esfuerzo se respete. Una mujer diagnosticada de cáncer me contó que le había dicho a varias personas que no esperaran encontrarla disponible para mantener conversaciones telefónicas, recibir visitas porque, según sus propias palabras, «necesito toda la energía que tengo para curarme». La determinación y la claridad del mensaje cuando se comunica que algo ha terminado es todo un detalle cuando la alternativa es la de un proceso doloroso, eterno y larguísimo. Sobre todo cuando se trata de sentimientos amorosos no correspondidos. Las ancianas atrevidas son personas atractivas, divorciadas o viudas, interesadas o no en encontrar a un nuevo compañero. Seleccionar agencias matrimoniales y páginas web por Internet en las que se ofrecen parejas serias es un método convencional para conocer a posibles candidatos. Sin embargo, también se pueden conocer en encuentros ocasionales, en especial cuando las mujeres salen solas. Los encuentros ocurren del modo más tradicional, esa manera que tienen las personas que no están casadas de conocerse: a través de amigos comunes. Así, es posible que conozcamos hombres con unas intenciones que no sean de nuestro agrado y, no obstante, entren en nuestra vida, se enamoren y se muestren persistentes, sin darse cuenta, o sin querer captar el mensaje, de que no estamos interesadas. Una anciana termina esta clase de relaciones limpiamente, con claridad y mucho respeto. No se siente culpable, ni responsable, de la falta de reciprocidad de sus sentimientos. Sabe que ella no le condujo a eso, ni le debe nada, aunque él piense de otra manera y así se lo comunique. La mujer se muestra clara y sin ambivalencias frente a esa historia que ha terminado. Si eres una mujer que no sabe actuar con decisión, cederás cuando él insista y saldrás con él, o bien te dará pena y lo volverás a ver; o incluso le dirás que no te llame, y, cuando él te telefonee, mantendréis conversaciones larguísimas. Quizá pienses que puede parecer mezquino o, como mínimo, desconsiderado actuar de otro modo. En ese caso te ofrezco una imagen que podría ayudarte a mostrarte firme y decidida. Piensa en la costumbre de recortar la cola de los cachorros cócker spaniel: no sería muy correcto ir cortándoles la cola a trocitos, sobre todo cuando la tarea puede realizarse con un corte limpio, contundente y definitivo. Muchas ancianas saben que la verdad nos libera. Hay que ser valiente para mostrarse como una es cuando «no se lo digas a nadie» o «¿qué dirán los vecinos?», son frases con las que nos han martilleado durante la infancia. Muchas mujeres necesitan sentir compasión por la niña traumatizada o avergonzada que todavía albergan en sí mismas, así como romper las cortapisas que la vergüenza todavía les impone. Cuando tal es el caso, la verdad se bloquea y nos queda una herida emocional sin sanar.
Las ancianas no viven fingiendo, ni se encogen de miedo ante la idea de la condena o el rechazo, echando marcha atrás en los momentos significativos en los que se mantienen conversaciones incómodas. Sentirse avergonzada supone estar oprimida por partida doble: primero por lo que fue, y segundo por la sensación de poca valía que eso despierta en nosotras. Muchas mujeres han sufrido malos tratos en su infancia, o proceden de familias pobres, alcohólicas o sin educación, o bien han abortado, son lesbianas en secreto, o crecieron guardando secretos familiares. En algún momento de sus vidas, la mayoría recuerda que temió que estas verdades llegaran a saberse. No obstante, las ancianas también recuerdan el momento y la persona con quien rompieron este tabú de silencio como el primero en el que se sintieron plenas. 

Decir la verdad es ser capaz de afirmar que «yo soy así». Nunca es lo que sucedió, sino el modo como reaccionamos ante lo que ocurrió lo que importa. Oculto en forma de secreto, te conviertes en una víctima, sola con tu sufrimiento. Cuando encuentras el coraje suficiente para decir la verdad, empiezas a liberarte del pasado que antes te retenía como rehén. 
Las ancianas tienen por costumbre decir la verdad.

Shinoda Bolen

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