El
estado natural no es el de un ser autorrealizado ni el de un realizado que se
ha convertido en Dios: no es el resultado de una culminación o de una
adquisición. No es un estado llamado a la existencia por un esfuerzo deliberado
de la voluntad. Está ahí, presente, es un estado vivo, un estado que no es más
que la actividad funcional de la vida. Y por «vida» no entiendo nada abstracto:
es la vida de los sentidos, que funcionan con naturalidad, sin la interferencia
del pensamiento. El pensamiento se entromete en los asuntos de los sentidos,
tiene una finalidad «lucrativa»: dirige la actividad de los sentidos para sacar
provecho de ellos y los utiliza para asegurarse una continuidad.
El
estado natural es un estado de no-conocimiento. No sabes verdaderamente qué es
lo que miras. Puede darse el caso de que me pase una hora mirando un reloj de
pared, sin saber que hora es y sin darme cuenta, ni siquiera, de que se trata
de un reloj. En mi no hay más que ensimismamiento: «¿Qué es lo que estoy
mirando?» Pero la pregunta no se plantea así, en frases contrapuestas por
palabras. Todo mi ser es un enorme y único punto de interrogación. Es un estado
de asombro, de perplejidad, precisamente porque no sé qué es lo que miro. El
conocimiento que había adquirido en otro tiempo está relegado a un segundo
plano, salvo en caso de necesidad. Se trata de un estado inconexo... Si usted
me pregunta qué hora es; puedo decirle «las tres y media». La respuesta vendrá
con la rapidez de una flecha y volveré inmediatamente a mi estado de no-conocimiento,
de admiración. Usted
no sabría comprender la inconmensurable paz que hay dentro de usted y que es su
clima natural. Su esfuerzo por establecer en usted un estado de espíritu
apacible no hace más que introducir la tribulación. Puede hablar de paz, crear
en usted cierto estado de espíritu y decirse que está en paz: eso no es paz,
sino violencia. Es inútil «practicar» la paz. No tiene sentido «practicar» el
silencio. El verdadero silencio es explosivo; no es ese silencio de muerte al
que se aferran los buscadores espirituales. «¡Estoy en paz conmigo mismo!»
Dicen: «¡Hay un silencio formidable!» «¡Siento la experiencia del silencio!»
Todo eso no quiere decir nada. El estado natural es volcánico, está en
constante ebullición: la energía, la vida, éstas son sus cualidades peculiares.
Puedes preguntarme cómo lo sé. No sé... la vida es lúcida. Digamos que es
consciente de sí misma.
U.G.Krishnamurti
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